En resumen
La variabilidad de la frecuencia cardíaca es la variación, latido a latido, del tiempo entre dos pulsaciones consecutivas, y refleja el equilibrio entre las ramas simpática y parasimpática del sistema nervioso autónomo.
Aunque decimos que el corazón late «a 60 pulsaciones por minuto», el intervalo entre cada latido individual varía ligeramente todo el tiempo. Esa variación no es ruido: la modula el sistema nervioso autónomo, y en general una mayor variabilidad refleja un sistema nervioso capaz de adaptarse con flexibilidad entre el estado de alerta (simpático) y el de recuperación (parasimpático o vagal).
En estudios observacionales, la VFC tiende a disminuir con la edad y con el estrés crónico, y una VFC baja se ha asociado con mayor riesgo cardiovascular. Por eso se usa, junto con otros marcadores, como indicador aproximado de estrés fisiológico y de capacidad de recuperación.
La forma más precisa de medirla es con electrocardiograma en un entorno clínico. Los relojes y anillos inteligentes la estiman mediante fotopletismografía en la muñeca o el dedo, un método menos preciso que introduce variabilidad propia del dispositivo; son útiles para ver tendencias personales en el tiempo, pero un valor puntual de un wearable no debe interpretarse como una medición clínica exacta.